Lunes, 13 de abril de 2009
Los valencianos disfrutarán hoy del último día de asueto de Semana Santa. Mientras casi todo el mundo «invade» mares y montañas, toalla y sombrilla mediante, yo estoy a las seis y media de la madrugada en la cuneta de una carretera española de cuyo nombre no quiero acordarme. Espero que me recojan para acudir al aeropuerto de Manises (Valencia). Allí me esperan como compañeros de viaje diez alumnos y Juanjo; en Barajas nos encontraremos con Lidia y Araceli. A los muchachos les acompañan familias al completo, algunos con primos hermanos, tíos, tías, la abuela y tal vez algún vecino o uno de esos espontáneos que se suma a la despedida después de un arrebato de curiosidad. A Juanjo y a mí nadie nos dice adiós. Algún malpensado deduciría que carecemos de madre (que no es el caso), o que nadie nos quiere (tampoco es el caso), o que la ausencia de allegados sea a causa de la poca estima que despertamos en la familia (que tampoco es el caso, sospecho). La explicación es sencilla, casi trivial: somos mayores (aunque él mucho más que yo, todo hay que decirlo).
Sea como fuere, ya no hay vuelta atrás. La inquietud asoma en mi corazón, más todavía cuando todos los progenitores nos recuerdan que cuidemos a sus niños. Así funciona el contradictorio mundo familiar: ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio. Le preguntaré a Mª José, mi psicóloga (mi compañera, quiere decirse), cuál es la explicación racional y razonable por la cual los padres necesitan tanto a sus hijos a pesar de que a diario les mienten su árbol genealógico (nadie mejor que ellos tiene el derecho y el copyright para hacerlo, por cierto). Algunos padres, por si acaso nunca más vieran a sus hijos, aprovechan para hacerles la última foto «en vida». Los muchachos, que no suelen ser tan tremendistas, ven una exageración en tales actitudes. Yo también, lo confieso. Sonrío al observar cómo reaccionan los chavales ante sus progenitores e imagino una situación tragicómica: la fotografía de marras en portada de las noticias de Antena 3. Pienso además que algún padre o madre se alegraría de su «sensata» acción segundos antes de que subiéramos al avión: «si no fuera por la foto que le hice –diría alguno a su esposa, o viceversa– ahora no tendríamos una imagen reciente de nuestra hija para ver si la encontramos». En mi caso seguro que colgarían la fotografía de la orla en curso, la cual siempre regalo a mi madre para que la guarde en caso de muerte o desaparición. Me resulta gracioso pensar que si en mi esquela figurara Marruecos como lugar de defunción, algunos paisanos cotillearían sobre cuál era el motivo de mi estancia allí. Casi nadie sabe de mi viaje. Es una forma de evitar dar explicaciones.
Llegamos a Barajas (Madrid) y nos encontramos con Lidia y Araceli. El aeropuerto matritense es un monstruo antiestético. Si algún día desaparezco, que nadie me busque allí. Siempre lo he detestado. Todo cuanto nos rodea es fruto del ansia faraónica de los políticos, deseosos de perpetuar su efigie para conquistar una falsa y farsa «inmortalidad». Todas las emociones que despiertan en sus usuarios son negativas: ira (por los constantes retrasos y cambios de puertas de embarque), tristeza (por las despedidas), aburrimiento (por sus espacios grises y monótonos), indignación (por la falta de orden), vergüenza ajena (por los abusivos precios de sus cafeterías), etc. Y no olvidemos, ya de paso, los constantes registros a los que nos someten: la presunción de inocencia es inexistente en los aeropuertos. Ya en Valencia cachean a Mª Lluch (¿será por sus contactos con el terrorismo islámico?) y a la vuelta, en Madrid, a Araceli (¿será porque existe alguna conexión entre ésta y el terrorismo vasco?). En fin… Si algo me alegra del viaje es largarme de España. Cada día se convierte el suyo –que no mío– en un país más irrespirable. De su patria –que no la mía– sólo me interesan Ortega y Gasset, Unamuno y Cortina. Todo lo demás, notas a pie de página. Ahí te quedas, España.
Ya estamos en Tánger. Me fascina su diminuto aeropuerto. Un solo avión, una señora de la limpieza, varias personas en la aduana y un par de simpáticos policías. Entrando al país, un puñadito de personas y nosotros (que también lo somos, dicho sea de paso). A diferencia de lo que ocurre en España, nos dieron la bienvenida con una generosa y sincera sonrisa. En ningún momento preguntaron más de lo que permiten las normas de cortesía. Da gusto entrar a un país que no desconfía de nosotros. Para que luego digan que los marroquíes no son de fiar…
Los franciscanos Simeón y Giuseppe esperan nuestra llegada para acompañarnos hasta su casa, un precioso palacete cuyo origen sospecho que guarda relación con la Junta de Andalucía. Escribir sobre nuestros «anfitriones» exigiría una novela. Su natural y sincera amabilidad es exagerada, de ahí que todos nos sintiéramos como en nuestra casa. Hay que decir que ellos son, a mi modo de ver, dos franciscanos heterodoxos, que rompen los cánones imaginados y el orden establecido. Convierten en carne el valor de la «fraternidad» y son tremendamente queridos en Larache. No hay que olvidar que ambos ayudan a mucha gente necesitada, todos ellos con nombres y apellidos, historias de vidas concretas golpeadas a diestro y siniestro por la vida. Ayudan a recomponer y reescribir lo que Torcuato Luca de Tena calificaba como «renglones torcidos de Dios». Si hay una clarísima conclusión a posterioridel viaje es la de que todos los –pocos– cristianos que ayudan a los más necesitados son inconmensurablemente queridos. Es algo comprensible. Su obra consiste en «edificar» los pésimos cimientos de un Estado que no respeta la tan necesaria «ética de mínimos». Que sean cristianos, a los ojos de los marroquíes, es cuestión nimia. No lo dicen pero lo sienten: gracias a ellos pueden sobrevivir (que no vivir) en un país en donde la miseria asoma en la puerta de cada familia.
Simeón, como buen italiano, nos prepara una comida de bienvenida: espaguetis acompañados de un fresquísimo cangrejo (o algo parecido). A partir del martes habrá que cocinar por cuenta propia, pues nuestros amigos tienen trabajo diario y no pueden dedicarse a atendernos. Nuestra intención es ayudar en todo lo posible y apenas molestar en el quehacer cotidiano de los franciscanos. Ellos tienen mucho trabajo diario. Por eso, nos reunimos a media tarde para planificar nuestra agenda en la medida de lo posible. El viaje es una aventura, no todo está perfectamente organizado. Hay que dejarse llevar, sobre todo, por el corazón y las órdenes que nos den nuestros «anfitriones». Porque conviene recordar que, ante todo, nosotros somos unos «invitados». Sin el recibimiento de Simeón y Giuseppe el viaje hubiera sido casi imposible. Vamos a guerrear y todo guerrero necesita su fortaleza.
Ya por la tarde acudimos a la Media Luna Roja y a las Hijas de Caridad. Nos enseñan sus instalaciones, el escenario cotidiano de un punto de encuentro entre la solidaridad y los más necesitados. Es curioso, visto desde otra perspectiva, cómo el sitio que visitamos cobraría otra dimensión después de nuestra cooperación. En cinco días sus casas fueron las nuestras, nos movíamos por allí como si viviéramos de toda la vida, como unos miembros más de la familia. Al día siguiente el escenario cambiaría de decorado: llegarían las gentes necesitadas, los gritos y la sonrisa de los niños, los ancianos hambrientos y las madres que allí acuden para bañar a sus hijos. Después de conocer a nuestra nueva familia y saber qué era lo que necesitaban de nosotros, regresamos a nuestro nuevo «hogar» para descansar.
El día es duro. Mañana lo será mucho más. Además, es un día largo, pues el horario de Marruecos convierte la jornada de veinticuatro horas en una de veintiséis. Cenamos tortilla de patatas y tomate. Hay hambre, la verdad, pero también cansancio. Hemos recorrido muchos kilómetros y necesitamos recuperar energías. A las once dormimos. Ésa será la hora oficial para soñar. Tomamos conciencia de que la vida en España es como un sueño, nada que ver con todo lo que nos rodea. Algunos muchachos –como Ángela– expresan su angustia ante la nueva experiencia. Ahora no hay imaginaciones, la lógica aplastante de la realidad ha llegado. Y, por lo poco que se ve (pero se percibe) no es una realidad agradable. Hay cierto temor a lo que ocurrirá mañana. Y entre la añoranza a nuestra tierra, a nuestra gente y a la rutina, dormimos felizmente hasta que suene la campana. No es metáfora, no. Juanjo es el hermano mayor que despierta a toda su tropa. A golpe de campana, y bien fuerte. A las siete, día nuevo, vida nueva. Buenas noches.
Esa lista, en la que solo yo estoy nombrada, habria que apuntar el nombre de Enrique y de muchos mas que no se expresaban, pero seguro que lo sentian!!
Pasada toda la experiencia: QUIERO VOLVER YA!
Por: Ángela el 18 mayo 2009
a las 19:10